Metzorá (Levítico 14-15)

El abandono de la normalidad

Parashat Metzorá describe lo que sucede cuando alguien tiene tzaraat (una variedad de enfermedades eruptivas de la piel). La respuesta inmediata es la de separar a la persona de la comunidad. Esto tiene sentido, si se la considera una enfermedad, con riesgo de contagio. Un sacerdote, visita a la persona regularmente para comprobar el progreso de la curación durante este período de aislamiento. Cuando el sacerdote reconoce que la tzaraat se curó, se realiza un ritual de purificación. La persona afectada ofrece un sacrificio y es aceptada nuevamente en la comunidad.

Este proceso tiene dos beneficiarios: uno directo, el enfermo que se recupera y el comunitario: un grupo de personas que atraviesa la maravillosa experiencia de la inclusión.
Cuando la persona está lista, la reintegración no es gradual secreta; ocurre frente al Ohel Moed, el Santuario, el espacio público más sagrado. El mensaje es claro para todos: sea cuales fueren los procesos individuales por los cuales cada uno atraviesa, se los necesita a todos.

En el mundo de hoy creo que la parashá nos cuestiona sobre la  integridad comunitaria. Metzorá ofrece una visión, una aspiración: una sociedad en la que nos preocupemos para que todos estén “adentro”.

Y acá me parece que se pone en tela de juicio las definiciones tan nocivas pero tan naturalizadas de lo normal y lo anormal, que hoy se equipara al adentro y al afuera.
Somos víctimas y usuarios de un binomio que no podemos desentrañar: el de normalidad/anormalidad. En la educación, en la sociedad, incluso en nuestras familias.
Hemos aprendido a tener en claro los bordes que dejan a los supuestos normales y sanos adentro y a los supuestos enfermos y anormales afuera.

Toda estructura social necesita bordes, algo que defina lo que puede estar dentro y lo que debe quedar fuera.
No es tan simple hablar de márgenes, de exclusiones protectoras a veces, de inclusiones riesgosas otras, de exclusiones injustas muchas veces y de inclusiones frustradas muchas otras.
Nos llenamos la boca hablando de diversidad, de “aceptación de la diversidad”, término que aborrezco como si alguien tuviera la potestad de “aceptar” o no la misma esencia de lo humano.
Cuando buscamos la etimología de la palabra diverso casualmente o no, asume la forma de desviarse, del latín, de apartarse del camino, algo que habita indistintos sentidos, algo que se dirige hacia diversas y opuestas partes… Diverso… lleva dentro de sí la raíz latina divertere es separarse, alejarse, antiguamente ese alejarse de lo habitual, del trabajo derivó en divertir…
Pero también divorcio llega de la palabra divertere.
Y así hablamos con liviandad de lo diverso, cuando en general nos hacemos eco del “versus” que esta palabra connota. Nominalmente somos inclusivos, pero en la realidad, es mejor que todos los que no son como uno, estén en los bordes.

No es la intención poner en el banquillo a nadie. Necesitaríamos una gran plataforma para sentarnos todos porque no creo que muchos queden exentos de esta actitud que tantas veces nos deja en el centro porque hemos decidido qué queda en la periferia.

Cada época define su idea de normalidad/ anormalidad al alcance de la mano. Y caemos en la tentación, en la trampa de sentirnos seguros al creer que todo se clasifica con etiquetas que nos permiten definir quién debe quedar adentro y quién afuera.

Ahora se llama diversidad… pero en el fondo presiento que es sólo un cambio de terminología. Seguimos mandando afuera del campamento todo lo que no es nosotros y sea el nosotros la definición que cada colectivo decida darle.
Y en este afán de construir lo que aún sigue siendo muchas veces un discurso, recuerdo haber leído acerca de una vieja mujer recicladota (los peyorativamente llamados “cartoneros”), conversando sobre su “aparente exclusión” y su –también- “aparente inclusión” que decía: Antes nadie me veía ahora me miran demasiado.

La normalidad en definitiva no es nada porque nadie es normal.

Fernando BárcenaDoctor en Filosofía y Ciencias de la Educación,  escribe: ¿qué es la normalidad? Nada. ¿Quien es normal? Nadie. Aunque la diferencia hiere y por eso nuestra primera reacción es negarla ¿Cómo combatir la imposición de la distinción normalidad- anormalidad? Habitando en el interior de la diferencia, ser íntimo con ella. Con un gesto cotidiano-quizás poético, de no negar la diferencia sino modificar la imagen de la norma.

Y eso necesitamos: habitar la particularidad de cada uno, renunciando a escudarnos en normalidades falaces. La riqueza del intercambio nos hace saludables. La escucha despojada de uno, ante la palabra del otro, la generosidad de espacios, el respeto a la integridad del prójimo, harán de nuestros espacios de encuentro Santuarios, lugares de santificación de lo humano que es en definitiva la porción divina de cada uno.

Rabina Silvina Chemen